Documentación: dando vida al “decorado”.

Al situar “El Secreto…” en el pasado, y encima en un pasado ficticio, me estaba creando un problema sin saberlo: cómo ambientar los lugares en los que transcurre la novela.

Encontrar información sobre las ciudades “históricas” me supuso un duro trabajo de investigación en internet. Para empezar, muchas horas delante de la pantalla hasta que encontré webs que hacen las veces de “salón de cartografía” en la red ( Hic Leones, La Biblioteca Perry-Castañeda, y el departamento de Geografía de la Universidad de Jerusalem). Así conseguí planos, de principios de siglo, de las ciudades y los países en los que se desarrolla la historia. Ahora, con ésas páginas guardadas en mis Favoritos, todo parece muy fácil. Pero hubo momentos en los que temí que el esfuerzo sería en vano.

Sin embargo, ése fue sólo el principio de la tarea. Lo que yo quería era conocer “el ambiente” de las ciudades. Así que continué mi labor de documentación buscando crónicas de viajeros y periodistas. Para mi sorpresa, Emilia Pardo Bazán surgió entonces para propocionarme mucha información (gracias a los artículos que escribió a principios de siglo, recopilados en “Viajes por Europa”). Otras fuentes útiles fueron Jean Potocki, con su “Viaje a Turquía y a Egipto”, y Luigi Villari, un descubrimiento total con su “Fire and sword in the Caucasus”, que me dieron datos de países de Oriente Próximo. Y para completarlas, rastreé fotos antiguas por la red. Sobre todo, porque los periodistas suelen centrarse en hechos anecdóticos, aquellos que les llaman más la atención, y yo quería una visión más cotidiana.

Por desgracia, la fotografía antigua es un negocio en la red de redes y la mayoría de lo que se ofrece es previo pago. Sólo conseguí hacerme con escaneos de postales, y siempre en baja resolución. Mi último recurso fueron los libros “de baratillo”, como las recopilaciones de fotos de época que publica Könemann (dedicadas a cada década, y reproduciendo escenas de temáticas variadas). Aunque también fue una buena excusa para comprar “París, Mon Amour”, y “Travelogues”, dos libros que recomiendo a quien le guste la fotografía antigua. Especialmente el último, por reproducir los comentarios del viajero Burton Holmes.

Con todo éste material bajo el brazo, aún me quedaba una tarea: adaptarlo para que encajara con la línea histórica de “El Secreto…”. Principalmente, afectó a París (representada como una ciudad en ruinas) y a elementos de Berlín y Viena, para los que escogí una imagen conservadora y decimonónica (más apropiada para el régimen imperial que debían representar).

Ahora, repasando la novela, no sé si tantas molestias se percibirán al leerla. Al “hacer limpieza” en las reescrituras tuve que reducir las partes más anecdóticas, en pro de agilizar su lectura. Pero, sobre todo, me gustaría que los decorados de ésta ficción resulten plausibles. Que el lector perciba los lugares por los que se mueven sus personajes como sitios de piedra y ladrillo, en lugar de simples tramoyas de cartón.

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