La Ruta de “El Secreto…”: París.

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Como toda historia clásica de aventuras, “El Secreto de los Dioses Olvidados” transcurre a caballo entre varias ciudades de Europa. Ya he explicado en artículos anteriores el trabajo que me supuso componer una visión realista de éstos lugares. Máxime, cuando la tarea estaba complicada por el deseo de hacer palpable la realidad del universo ficticio al que pertenece la historia (valga la contradicción).

París, en éste sentido, fue el caso más difícil. Sobre todo, y aunque me duela reconocerlo, porque no conozco personalmente la “ciudad de las luces”. Eso me obligó a llevar a cabo una labor de investigación, mayor de lo que necesité para otros elementos del libro. Un esfuerzo imprescindible, ya que la acción parte y se desarrolla en distintos lugares de la ciudad, los cuales deseaba presentar ateniéndome a la realidad.

Mi trabajo consistió, pues, en ubicar los puntos emblemáticos de París, hasta poder imaginar con soltura el camino por el que se moverían los protagonistas. Eso se tradujo en la búsqueda de un plano contemporáneo a los años 20, y en acumular docenas de fotos antiguas. Visiones, por supuesto, bastante alejadas del París de cartón piedra que el cine ha recreado, y con unos figurantes mucho menos glamourosos.

elysees

Aún así, reconozco también que partía con un as en la manga. Mi recreación de París no buscaba evocar la ciudad histórica. En su lugar, debía servir para introducir al lector en la idea de la Europa ocupada, y como tal me permití varias “licencias” durante el proceso. Para conseguir mi objetivo recurrí a un método sencillo: tomé prestados elementos del Berlín de posguerra (como ejemplo de “capital derrotada”) y los usé, añadiendo los posibles efectos de haber sido escenario de los combates durante el conflicto (lo que, de hecho, estuvo a punto de ocurrir en Septiembre de 1.914).

Así, el París de “El Secreto…” se presenta como una ciudad con visibles cicatrices dejadas por la guerra: soldados tullidos abandonados a su fortuna, edificios simbólicos aruinados por los bombardeos, y un ambiente eminentemente lúgubre por doquier. A esto le añadí, por supuesto, el efecto de una ocupación militar llevada al extremo de considerar Francia como una “provincia” anexionada a los territorios alemanes. Y con ello no pretendía otorgar el papel de malvada (tópico, por otra parte) a ésta figurada potencia alemana. Basta consultar crónicas periodísticas del período de entreguerras para ver que no es, en absoluto, un comportamiento descabellado. Sobre todo, teniendo en cuenta la relación de continuo enfrentamiento que mantuvieron franceses y alemanes desde finales del siglo XIX, a partir de la guerra franco-prusiana.

Y hasta aquí puedo contar. Espero que las dosis de ficción y verismo hayan quedado equilibradas, eso sí, y quienes  leáis “El Secreto de los Dioses Olvidados” no os sintáis defraudados.

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