El escenario de «El Secreto…»

Para explicar el origen del universo en el que se desarrolla la novela, debo explicar algunas cosas sobre mí. Siempre he sido un ávido lector de las novelas de aventuras. Es más, se puede decir que me introduje en el hábito de la lectura gracias a ellas, y que lo conservo por ese apetito de devorar más y más historias épicas. Mis primeros guías fueron Julio Verne y Emilio Salgari, por encima de todo. Por eso, mi propósito principal cuando escribí «El Secreto…» fue que, quien lo leyera, pudiera experimentar la emoción de acompañar a unos héroes en su propia odisea. Y por eso, quizás, elegí ubicarla en un tiempo pasado. En una época que me recordara la que sirvió de telón de fondo a Verne y Salgari. Sólo que elegí crear una línea temporal propia para la narración. Una ucronía. Y ésta elección estuvo influenciada por la corriente Steampunk, que propone mundos en los que la ciencia ha evolucionado más de lo esperado, pero usando fuentes de energía arcaicas (principalmente el vapor, de ahí el término inglés «steam»).

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Sin embargo, no usé el momento histórico más ligado a la literatura Steampunk: la era victoriana. En su lugar, decidí comenzar mi «línea temporal» en un momento más cercano de la historia: 1916. De mi afición al rol había nacido, tiempo atrás, un universo ucrónico situado en ésa década, en el que planeaba desarrollar algunas aventuras. Nunca cumplí ese sueño, pero todos los datos y las referencias de ambientación estaban esperándome en un cuaderno cuando decidí echar mano de ellas.

El supuesto básico que sustenta la ucronía de «El Secreto…» es un nuevo orden mundial: Europa dominada por la hegemonía de Alemania (apoyada por Rusia y otros aliados). No puedo presumir de una gran originalidad en el planteamiento: la Alemania Nazi como vencedora de la Segunda Guerra Mundial ha sido fuente para varias ucronías («El hombre en el castillo«, «Patria«, «En presencia de mis enemigos«, «La conjura contra América«), así que retraer la fecha hacia la Primera Guerra Mundial puede no parecer un gran cambio.

Sin embargo, mi elección estaba motivada por la posibilidad de juguetear con un detalle de éste conflicto que siempre será discutido: la viabilidad del «Plan Schlieffen», al que Alemania debía atenerse en caso de guerra con las demás potencias del continente, y que fue finalmente modificado por su sucesor, Moltke, en favor de un planteamiento menos «arriesgado». Los aficionados a la historia militar (entre los que me incluyo) no dejan de debatir qué habría ocurrido si el Estado Mayor alemán hubiese aplicado a rajatabla la estrategia diseñada por el anciano Schlieffen. El plan en sí puede resumirse muy brevemente: TODOS los ejércitos alemanes debían atacar Francia, siguiendo un plan que profetizaba la rendición del país en 42 días, y, tras derrotar a los franceses, sería el momento de combatir al gigantesco ejército ruso, cuya capacidad de organización, en cambio, era motivo de burla y escarnio.

Yo me he decantado por aquellos que postulan la victoria alemana, aderezando el resultado con otros componentes que me eran necesarios para la trama del argumento y, por qué no decirlo, para añadir elementos de esa ambientación original que estaba aprovechando. Entre otras cosas, un estancamiento político, el matrimonio entre los herederos de Alemania y Rusia, el fracaso de la expansión de los ideales de la Revolución Bolchevique, el desarrollo de la aviación en torno al uso de dirigibles, o la inexistencia de grandes fortificaciones al estilo de la Línea Maginot…

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El esfuerzo fue bastante grande, pero el resultado espero que satisfaga a los lectores. Sobre todo, si no olvidan que  mi intención era hacerles disfrutar de una aventura, y que ese universo ficticio sólo es un elemento más para dar vida a la ilusión de la novela.

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Cuando la oferta se hace realidad: El contrato.

Después de recuperarse de la emoción provocada por la respuesta positiva de una editorial, llega el siguiente paso del camino: conocer cuáles son sus condiciones para publicar. Hablar del contrato.

Mi experiencia, como ya he dicho otras veces, es el resultado de actuar sin intermediarios (léase Agencia Literaria). Así pues, al pedir más información a la editorial recibí un «contrato modelo» para que pudiera saber en qué consistiría nuestra «futurible relación profesional». Escasos dos folios, que a un simple novato sin conocimientos sobre el tema le parecieron más complicados que el manual de ensamblaje de un T-800.

El tipo de contrato y sus cláusulas van a depender, por supuesto, del tipo de editorial que te haya contactado. Si es una editorial de co-edición o autoedición, tendrá que exponer qué cantidad de dinero es la que aportas. En el caso de editoriales «tradicionales», la descripción cubre el tipo de impresión (rústica o de bolsillo), el número de ejemplares de cada edición,y el porcentaje que te corresponde en calidad de derechos de autor, por lo menos. En cualquier caso, te interesa leer las cláusulas con atención y comprobar que ninguna cláusula está redactada de modo malintencionado.

A pesar de que las editoriales a las que envié mi manuscrito no estaban dentro de la lista de «sospechosas» (y cuando empecé a buscar información, resultó que sí las había), a uno siempre le acaban asaltando las dudas. Yo recurrí a un amigo que tenía algunas nociones sobre éste tipo de contratos (gracias, Juan) y busqué recursos en internet que me guiaran. Así descubrí las recomendaciones de escritores.org, o de Miserias Literarias, y posteriormente a la firma del contrato hallé éste artículo.

Después, transcurrieron varios intercambios de e-mails con mi editor, en los que se comentaron qué condiciones del contrato quería tener más claras, y qué cambios podían realizarse. Yo recomiendo ser modesto, y no pretender que el primer contrato «te saque de pobre». Cuando se consulta los blogs de otros autores noveles, ves que son muy pocos los que publican con grandes editoriales, e incluso éstos lo hacen sin mucho «despliegue de medios». Un punto habitual es que las promociones y presentaciones queden excluídas en éstos contratos (en otro post hablaré sobre ello), por lo que uno debe olvidarse de grandes eventos y verse en una librería, firmando ejemplares o respondiendo preguntas de periodistas. Ahora mismo, casi todo el trabajo de promocion queda en manos del propio autor, y se lleva a cabo a través de internet.

Una vez que se concretan las modificaciones del contrato, si los dos lados están de acuerdo, será el momento de recibir el contrato definitivo. Y ya se habrá puesto un pie (de puntillas) en el camino definitivo hacia la publicación. Aquí comienza la espera (que aún continúa) de novedades por parte de la editorial y que debería incluir la revisión del texto, la elección de portada y otras cosas que explicaré a medida que se vayan sucediendo.

Prometeo, o la respuesta editorial.

Para las escasas (espero) personas que desconozcan cuál fue el castigo que Zeus le impuso a Prometeo, paso a referírselo :

Permanecería encadenado en lo alto de un peñasco, donde le serían devorados los intestinos cada mañana por un águila. Al anochecer, sus intestinos volverían a crecer y el suplicio empezaría de nuevo.

Prometeo y el águila, devorando sus entrañas.

Prometeo y el águila, devorando sus entrañas.

Dejando aparte el asombroso talento de los griegos para concebir horribles torturas, he usado éste ejemplo mitológico para dar una idea de lo que supone esperar las respuestas de las editoriales. En mi caso, y como dije en un post anterior, habia escogido un pequeño número de editoriales a las que enviar el manuscrito. Y, de todas ellas, sólo Grupo AJEC me dio una pista sobre el tiempo que tardaría en responder.

Si indagáis en internet, comprobaréis que esperar el veredicto de una editorial «tiene su aquel». Al parecer, la causa de que se produzca este fenómeno (y sus culpables) somos los propios autores que enviamos manuscritos sin acudir a un agente literario. Los lectores de las editoriales, según esa explicación, están saturados de trabajo y la espera puede prolongarse hasta límites insospechados (véase el caso de Montse de Paz, que recibió una propuesta un año después). A mí, desde luego, se me hizo el castigo de Prometeo a medida que se aproximaban los tres meses sin noticias. Pocas cosas hay tan desesperanzadoras como abrir el correo, día tras día, sin hallar el mail de respuesta que tanto ansías.

Hasta que, fiel a su palabra, Grupo AJEC me contestó. Y fue para decirme que sí. Que le interesaba el manuscrito y querían hacerme una propuesta para publicarlo. No sé cuanto, pero los nervios debieron de durarme una semana por lo menos.

Parecería lógico pensar que las respuestas llegan. Que, aunque tan sólo sea el impersonal «su obra no encaja en nuestra línea editorial», se molestarán en darte su opinión. Mi experiencia (y, por lo visto en internet, la de muchos otros autores noveles) es que eso no ocurre siempre. A fecha de hoy, aún estoy esperando noticias de unas cuantas editoriales, y dudo que vaya a tenerla nunca. Ésa razón, y no otra, es por la que no volvería a repetir la experiencia de enviar el manuscrito «por mi cuenta». Mis próximas obras procuraré llevarlas a través de un agente literario. Así, al menos, a uno le dan unas fechas para saber qué pasa con su obra y te ahorras los meses de incertidumbre.

Presentar la obra.

Ya que pretendo utilizar este blog para narrar el proceso de publicación de mi novela, y que sirva de ejemplo para quienes pretenden dar también el paso, es hora de hablar de cómo encontré un editor.

Para cuando yo me lo propuse, ya había cumplido con dos pasos imprescindibles: tenía registrada la obra en la Propiedad Intelectual, y llevaba varios meses reescribiendo el texto (gracias a mis amigos y sus muy apreciadas críticas).

Encontrar una editorial que pudiese aceptar el manuscrito me supuso bastante trabajo. Mi intención fue siempre probar con editoriales especializadas en la ciencia-ficción o la fantasía, pero también me pudo la modestia del «novato» y no me atreví con algunas de las grandes editoriales del país. Quizás podría haber tanteado algunas que me dejé en el tintero, pero dudaba que «El Secreto…» encajase en su línea editorial o que se atrevieran con un perfecto desconocido. Ahora, sé que las propuestas editoriales y las agencias literarias son el medio más recomendado para iniciar el camino hacia la publicación. Sin embargo, yo recurrí a un sistema menos ortodoxo: enviar un mail a las editoriales que había elegido, para tantearlas.

A pesar de que, como digo, no es la mejor manera de contactar a las editoriales, lo cierto es que me respondieron casi todas. Eso me obligó a enviarles una sinopsis de la obra y, después, cuando demostraron estar interesadas, fue el momento de enviar el manuscrito.

Lo malo es que, a partir de entonces, me tocaba esperar varios meses hasta saber cuál sería la respuesta. Ni a mi peor enemigo le deseo esos nervios.

El Origen del Secreto

Nada mejor que empezar una historia por el principio. En el caso de «El Secreto de los Dioses Olvidados», comenzó a mediados del año 2006. Por esas fechas descubrí que cierto amigo de la juventud acababa de publicar una novela, y volví la mirada hacia el montón de cuadernos en los que hibernaban esas historias inacabadas que había acumulado durante años.

Así pues, me convencí de que con esfuerzo y un poco de ayuda podría sobreponerme a mi habitual bloqueo literario. Sin embargo, no era capaz de decidirme por uno de esos relatos inacabados. Cada uno de ellos era radicalmente distinto, tanto por estilo como por género. Y eran historias en las que su argumento se reducía a la puesta en escena inicial, pero sin un desarrollo ni un desenlace claro. Después de tanto tiempo, ni siquiera recordaba hasta dónde había llegado en mi narración. Estuve ojeando cada manuscrito, releyéndolo y recuperando las emociones que me habían impulsado a crear la historia. Imaginando cómo continuarlos. Al final, me decanté por un par de aventuras de investigación: unas historias con tintes sobrenaturales, entremezcladas con la mitología universal.

El relato que me sirvió de armazón para desarrollar la historia sufrió cambios enseguida. Inicialmente se desarrollaba en el presente, pero decidí que ubicarlo en otra época lo haría más sugerente y, buscando el modo de amoldarlo, acabé reaprovechando un trasfondo ucrónico que había desarrollado mucho tiempo atrás. Quizás sea ésa una de las razones que me ayudaron a continuar con la novela. El mundo que iba a describir me resultaba muy atractivo, y entremezclaba los elementos de ciencia y superstición que considero propios de principios del siglo XX.

A partir de ese momento, «El Secreto…» comenzó a andar. Recuperé lo que había dejado escrito para las historias originales, además de escenas fragmentarias de mi «cuaderno de ideas», y así reuní casi un centenar de páginas… y un montón de huecos que había que rellenar.

Pero eso es otra historia…

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