Personajes Invitados (II): Adolf Hitler

¿Adolf Hitler? Probablemente, aquellos a los que he torturado entretenido haciendo que lean los manuscritos originales de mi obra se planteen de inmediato la pregunta. ¿Aparece Hitler en «El Secreto de los Dioses Olvidados»? Quienes conserven alguna de las copias que repartí para conocer su opinión, quizás la repasen ahora para comprobar que no me he vuelto loco. Que realmente está presente en sus páginas.

Al escribir esta ucronía, no había nada más complicado que sustraerse de un personaje tan significativo como Adolf Hitler. ¿Qué destino podía depararle el cambio que había realizado en la historia conocida? Al plantear una Alemania que permanecía gobernada por la monarquía y sin un parlamento electo, cerraba las puertas a su conversión en Canciller. Aún más, en el universo de «El Secreto…» se establece que los movimientos sociales han sufrido un severo retroceso bajo el control de éste poder autoritario, por lo que los partidos políticos quedan reducidos a un segundo plano de importancia. Relegados a una voz sin poder de acción.

Sin embargo, lo que parece claro cuando se lee sobre el personaje es que no era una persona capaz de permanecer sin más en un plano de insignificancia. Si en la «historia real» logró dominar la voluntad de millones de personas, organizando un gobierno totalitario, obviarle no me pareció un recurso legítimo. Por eso, tenía que encontrar la manera de incluirle en el trasfondo de la novela de un modo que resultase plausible.

Aún así, me enfrentaba a otro problema. Incluso siendo un gran aficionado a las películas de Indiana Jones, convertir a Hitler o los nazis en parte integrante de la trama era, a todas luces, un recurso demasiado manido. Por eso, recurrí a hacer aparecer al personaje de soslayo. No se le nombra directamente, si no que surge en la historia como el estereotipo de político que hemos conocido por las crónicas de la época. Éste formato me pareció el más acertado, al reutilizar un aspecto histórico del personaje: la entrada en política a través de su experiencia como veterano de la Gran Guerra. Me pareció muy apropiado, teniendo en cuenta la situación que he planteado para la desencantada Austria-Hungría posterior al conflicto, y una manera simpática de presentar éste trasfondo. 

Quizás dentro de la dinámica de novela histórica actual, en la que se recrean a éstos personajes hasta niveles muy complejos, la fugaz aparición de uno de los políticos más influyentes del s.XX se considere un ejercicio literario menor. Pero, por mi parte, supuso un momento divertido el escribir esa escena. Y, aunque no creo que a nadie le pase inadvertido, puede ser un interesante juego de «agudeza visual» para quienes hayan leído éste blog.

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La Ruta de «El Secreto…»: París.

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Como toda historia clásica de aventuras, «El Secreto de los Dioses Olvidados» transcurre a caballo entre varias ciudades de Europa. Ya he explicado en artículos anteriores el trabajo que me supuso componer una visión realista de éstos lugares. Máxime, cuando la tarea estaba complicada por el deseo de hacer palpable la realidad del universo ficticio al que pertenece la historia (valga la contradicción).

París, en éste sentido, fue el caso más difícil. Sobre todo, y aunque me duela reconocerlo, porque no conozco personalmente la «ciudad de las luces». Eso me obligó a llevar a cabo una labor de investigación, mayor de lo que necesité para otros elementos del libro. Un esfuerzo imprescindible, ya que la acción parte y se desarrolla en distintos lugares de la ciudad, los cuales deseaba presentar ateniéndome a la realidad.

Mi trabajo consistió, pues, en ubicar los puntos emblemáticos de París, hasta poder imaginar con soltura el camino por el que se moverían los protagonistas. Eso se tradujo en la búsqueda de un plano contemporáneo a los años 20, y en acumular docenas de fotos antiguas. Visiones, por supuesto, bastante alejadas del París de cartón piedra que el cine ha recreado, y con unos figurantes mucho menos glamourosos.

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Aún así, reconozco también que partía con un as en la manga. Mi recreación de París no buscaba evocar la ciudad histórica. En su lugar, debía servir para introducir al lector en la idea de la Europa ocupada, y como tal me permití varias «licencias» durante el proceso. Para conseguir mi objetivo recurrí a un método sencillo: tomé prestados elementos del Berlín de posguerra (como ejemplo de «capital derrotada») y los usé, añadiendo los posibles efectos de haber sido escenario de los combates durante el conflicto (lo que, de hecho, estuvo a punto de ocurrir en Septiembre de 1.914).

Así, el París de «El Secreto…» se presenta como una ciudad con visibles cicatrices dejadas por la guerra: soldados tullidos abandonados a su fortuna, edificios simbólicos aruinados por los bombardeos, y un ambiente eminentemente lúgubre por doquier. A esto le añadí, por supuesto, el efecto de una ocupación militar llevada al extremo de considerar Francia como una «provincia» anexionada a los territorios alemanes. Y con ello no pretendía otorgar el papel de malvada (tópico, por otra parte) a ésta figurada potencia alemana. Basta consultar crónicas periodísticas del período de entreguerras para ver que no es, en absoluto, un comportamiento descabellado. Sobre todo, teniendo en cuenta la relación de continuo enfrentamiento que mantuvieron franceses y alemanes desde finales del siglo XIX, a partir de la guerra franco-prusiana.

Y hasta aquí puedo contar. Espero que las dosis de ficción y verismo hayan quedado equilibradas, eso sí, y quienes  leáis «El Secreto de los Dioses Olvidados» no os sintáis defraudados.

Personajes Invitados (I): Jules Verne

Al escribir una ucronía, supongo que resulta imposible sustraerse a la tentación de fantasear sobre cómo modificaría ese giro histórico la vida de ciertos personajes reales. Para el «Secreto de los Dioses Olvidados» no he hecho un uso demasiado extenso de semejante recurso, puesto que prefería que primase la ficción, aunque también ha supuesto un pequeño quebradero de cabeza.

El principal problema  que se me presentó al hacer éste juego de suposiciones es la necesidad de información. Me ví obligado a recabar datos biográficos, además de imágenes, que me permitieran recrear al personaje real. Todo, para poder después moldearlo y adaptarlo a la línea histórica y argumental de «El Secreto…»

El primer personaje del que quiero hablar ha de ser Jules Verne. El famoso escritor francés aparece en el libro como mi propio y personal homenaje al autor que me descubrió las novelas de aventuras. Con menos de diez años, conocer al Capitán Nemo y su Nautilus o recorrer el Mundo detrás de Phineas Fogg fueron la clase de experiencias que siempre quise vivir en primera persona. Y, aunque su presencia se haya reducido de forma considerable en comparación con el manuscrito original, aún conserva un papel relevante.

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Si bien para la época en que se desarrolla el libro ya hace varios años de su fallecimiento, al principio de la historia se descubrirá que Verne ha sido el último depositario conocido de unos antiguos manuscritos. Desconocidos para el mundo durante siglos, recuperarlos va a convertirse en el objetivo de los miembros de una sociedad científica parisina. Los protagonistas de «El Secreto…» se verán inmersos en la búsqueda de éstos documentos, y de los fantásticos datos que contienen. Entre otras cosas, conocimientos que habrían inspirado algunas de las máquinas más extraordinarias descritas en los relatos de Jules Verne. Máquinas con un devastador poder de destrucción.

De todos los personajes reales que aparecen en «El Secreto de los Dioses Olvidados», él ha sido al que he mantenido más fielmente. Y ver sus máquinas hacerse realidad es, imagino, el sueño de todos los que hemos disfrutado en la niñez con sus novelas.

El escenario de «El Secreto…»

Para explicar el origen del universo en el que se desarrolla la novela, debo explicar algunas cosas sobre mí. Siempre he sido un ávido lector de las novelas de aventuras. Es más, se puede decir que me introduje en el hábito de la lectura gracias a ellas, y que lo conservo por ese apetito de devorar más y más historias épicas. Mis primeros guías fueron Julio Verne y Emilio Salgari, por encima de todo. Por eso, mi propósito principal cuando escribí «El Secreto…» fue que, quien lo leyera, pudiera experimentar la emoción de acompañar a unos héroes en su propia odisea. Y por eso, quizás, elegí ubicarla en un tiempo pasado. En una época que me recordara la que sirvió de telón de fondo a Verne y Salgari. Sólo que elegí crear una línea temporal propia para la narración. Una ucronía. Y ésta elección estuvo influenciada por la corriente Steampunk, que propone mundos en los que la ciencia ha evolucionado más de lo esperado, pero usando fuentes de energía arcaicas (principalmente el vapor, de ahí el término inglés «steam»).

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Sin embargo, no usé el momento histórico más ligado a la literatura Steampunk: la era victoriana. En su lugar, decidí comenzar mi «línea temporal» en un momento más cercano de la historia: 1916. De mi afición al rol había nacido, tiempo atrás, un universo ucrónico situado en ésa década, en el que planeaba desarrollar algunas aventuras. Nunca cumplí ese sueño, pero todos los datos y las referencias de ambientación estaban esperándome en un cuaderno cuando decidí echar mano de ellas.

El supuesto básico que sustenta la ucronía de «El Secreto…» es un nuevo orden mundial: Europa dominada por la hegemonía de Alemania (apoyada por Rusia y otros aliados). No puedo presumir de una gran originalidad en el planteamiento: la Alemania Nazi como vencedora de la Segunda Guerra Mundial ha sido fuente para varias ucronías («El hombre en el castillo«, «Patria«, «En presencia de mis enemigos«, «La conjura contra América«), así que retraer la fecha hacia la Primera Guerra Mundial puede no parecer un gran cambio.

Sin embargo, mi elección estaba motivada por la posibilidad de juguetear con un detalle de éste conflicto que siempre será discutido: la viabilidad del «Plan Schlieffen», al que Alemania debía atenerse en caso de guerra con las demás potencias del continente, y que fue finalmente modificado por su sucesor, Moltke, en favor de un planteamiento menos «arriesgado». Los aficionados a la historia militar (entre los que me incluyo) no dejan de debatir qué habría ocurrido si el Estado Mayor alemán hubiese aplicado a rajatabla la estrategia diseñada por el anciano Schlieffen. El plan en sí puede resumirse muy brevemente: TODOS los ejércitos alemanes debían atacar Francia, siguiendo un plan que profetizaba la rendición del país en 42 días, y, tras derrotar a los franceses, sería el momento de combatir al gigantesco ejército ruso, cuya capacidad de organización, en cambio, era motivo de burla y escarnio.

Yo me he decantado por aquellos que postulan la victoria alemana, aderezando el resultado con otros componentes que me eran necesarios para la trama del argumento y, por qué no decirlo, para añadir elementos de esa ambientación original que estaba aprovechando. Entre otras cosas, un estancamiento político, el matrimonio entre los herederos de Alemania y Rusia, el fracaso de la expansión de los ideales de la Revolución Bolchevique, el desarrollo de la aviación en torno al uso de dirigibles, o la inexistencia de grandes fortificaciones al estilo de la Línea Maginot…

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El esfuerzo fue bastante grande, pero el resultado espero que satisfaga a los lectores. Sobre todo, si no olvidan que  mi intención era hacerles disfrutar de una aventura, y que ese universo ficticio sólo es un elemento más para dar vida a la ilusión de la novela.

Cuando la oferta se hace realidad: El contrato.

Después de recuperarse de la emoción provocada por la respuesta positiva de una editorial, llega el siguiente paso del camino: conocer cuáles son sus condiciones para publicar. Hablar del contrato.

Mi experiencia, como ya he dicho otras veces, es el resultado de actuar sin intermediarios (léase Agencia Literaria). Así pues, al pedir más información a la editorial recibí un «contrato modelo» para que pudiera saber en qué consistiría nuestra «futurible relación profesional». Escasos dos folios, que a un simple novato sin conocimientos sobre el tema le parecieron más complicados que el manual de ensamblaje de un T-800.

El tipo de contrato y sus cláusulas van a depender, por supuesto, del tipo de editorial que te haya contactado. Si es una editorial de co-edición o autoedición, tendrá que exponer qué cantidad de dinero es la que aportas. En el caso de editoriales «tradicionales», la descripción cubre el tipo de impresión (rústica o de bolsillo), el número de ejemplares de cada edición,y el porcentaje que te corresponde en calidad de derechos de autor, por lo menos. En cualquier caso, te interesa leer las cláusulas con atención y comprobar que ninguna cláusula está redactada de modo malintencionado.

A pesar de que las editoriales a las que envié mi manuscrito no estaban dentro de la lista de «sospechosas» (y cuando empecé a buscar información, resultó que sí las había), a uno siempre le acaban asaltando las dudas. Yo recurrí a un amigo que tenía algunas nociones sobre éste tipo de contratos (gracias, Juan) y busqué recursos en internet que me guiaran. Así descubrí las recomendaciones de escritores.org, o de Miserias Literarias, y posteriormente a la firma del contrato hallé éste artículo.

Después, transcurrieron varios intercambios de e-mails con mi editor, en los que se comentaron qué condiciones del contrato quería tener más claras, y qué cambios podían realizarse. Yo recomiendo ser modesto, y no pretender que el primer contrato «te saque de pobre». Cuando se consulta los blogs de otros autores noveles, ves que son muy pocos los que publican con grandes editoriales, e incluso éstos lo hacen sin mucho «despliegue de medios». Un punto habitual es que las promociones y presentaciones queden excluídas en éstos contratos (en otro post hablaré sobre ello), por lo que uno debe olvidarse de grandes eventos y verse en una librería, firmando ejemplares o respondiendo preguntas de periodistas. Ahora mismo, casi todo el trabajo de promocion queda en manos del propio autor, y se lleva a cabo a través de internet.

Una vez que se concretan las modificaciones del contrato, si los dos lados están de acuerdo, será el momento de recibir el contrato definitivo. Y ya se habrá puesto un pie (de puntillas) en el camino definitivo hacia la publicación. Aquí comienza la espera (que aún continúa) de novedades por parte de la editorial y que debería incluir la revisión del texto, la elección de portada y otras cosas que explicaré a medida que se vayan sucediendo.

Corte y Pulido: el cuento de nunca acabar.

Aunque ya he hablado someramente sobre ésta parte del proceso de escritura, me ha parecido bien dar una visión más completa. Me refiero a ese momento, cuando has escrito el punto y final de tu obra, y entregas copias a otras personas para que te den su opinión. Como éste blog está dirigido a autores sin obras publicadas con anterioridad, ignoraré la posibilidad de que sea un profesional (agente literario o editor) quien nos aconseje sobre las modificaciones que necesita el texto.

Para empezar hay que comprender que, como todo artista, a uno le cuesta convencerse de que su obra no está bien acabada. Y no es así. En mi caso, puedo decir que tengo relativa suerte. La ficción y la fantasía son géneros que gustan entre mi círculo de amistades, y se atreven a encarar la lectura de «mis obras». Pero la suerte es relativa, como digo, porque no siempre disponen del tiempo necesario para leer.

En cualquier caso, y desde mi experiencia personal, lo más importante es contar con un lector exigente. Que sepa decirte lo que cambiaría del texto, y por qué. Sólo como ejemplo, diré que mi crítica más dura no le ha dado nunca más de un «7» a mis relatos. Pero precisamente por eso, porque les exige la misma calidad que a las obras de sus autores favoritos, es por lo que me da un acicate para mejorar. Eso no significa que los críticos más «benignos» no te sean de ayuda. Que el relato le guste a otra persona siempre es una buena señal. Lo que conviene en esos casos es «sonsacarles» datos. Averiguar qué sensaciones le ha dejado y preguntarle, sobre todo, por aquellos pasajes de los que, en nuestro interior, no estamos satisfechos del todo.

La crítica, por supuesto, sólo es la primera parte del proceso. Tras reunir a las personas que habían leído el manuscrito original de «El Secreto…», me enfrenté a hechos que, como ya he dicho, a ninguno le apetece oír: la obra transmitía buenas sensaciones, pero su ritmo era demasiado lento y, en palabras de mis amigos, el texto resultaba «gongoriano«.

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Los cambios me llevaron varios meses. Y ahí es donde te enfrentas a un problema mayor. Primero, porque la reescritura es un proceso evolutivo: los cambios se acumulan a medida que vuelves a repasar la obra, y cada recorte que haces no puedes dejar de verlo como una «mutilación» de «tu criatura». Y segundo porque, si ya es difícil lograr que tus amigos se lean el manuscrito original, la cosa empeora cuando las versiones y mejoras se van sucediendo (a Dios gracias, recursos como Google Docs facilitan un poco las cosas actualmente).

¿Qué cambió en «El Secreto…» tras esos meses? La explicación corta es que perdió 50 páginas. Siendo más concreto, cabría decir que cambié el prólogo por uno nuevo, los tres primeros capítulos se condensaron en uno solo, múltiples escenas (destinadas a añadir datos de ambientación) desaparecieron, y una montaña de frases subordinadas fue reescrita para agilizar la lectura. Expresado de forma elegante, el texto definitivo se ha quedado con la sustancia de la historia, a costa de ser mucho menos «colorido».

Lo bueno de la reescritura, como ejercicio de literatura, es ese esfuerzo adicional que uno hace para mejorar lo que, en su momento, ya le pareció bueno. Lo malo es que, una vez puesto en faena, siempre te queda la duda de haber podido pulir más tu obra. Pero los resultados acaban por decirte lo bien que lo has hecho. Y, con «El Secreto…», parece que el trabajo fue bueno.

Documentación: dando vida al «decorado».

Al situar «El Secreto…» en el pasado, y encima en un pasado ficticio, me estaba creando un problema sin saberlo: cómo ambientar los lugares en los que transcurre la novela.

Encontrar información sobre las ciudades «históricas» me supuso un duro trabajo de investigación en internet. Para empezar, muchas horas delante de la pantalla hasta que encontré webs que hacen las veces de «salón de cartografía» en la red ( Hic Leones, La Biblioteca Perry-Castañeda, y el departamento de Geografía de la Universidad de Jerusalem). Así conseguí planos, de principios de siglo, de las ciudades y los países en los que se desarrolla la historia. Ahora, con ésas páginas guardadas en mis Favoritos, todo parece muy fácil. Pero hubo momentos en los que temí que el esfuerzo sería en vano.

Sin embargo, ése fue sólo el principio de la tarea. Lo que yo quería era conocer «el ambiente» de las ciudades. Así que continué mi labor de documentación buscando crónicas de viajeros y periodistas. Para mi sorpresa, Emilia Pardo Bazán surgió entonces para propocionarme mucha información (gracias a los artículos que escribió a principios de siglo, recopilados en «Viajes por Europa»). Otras fuentes útiles fueron Jean Potocki, con su «Viaje a Turquía y a Egipto», y Luigi Villari, un descubrimiento total con su «Fire and sword in the Caucasus», que me dieron datos de países de Oriente Próximo. Y para completarlas, rastreé fotos antiguas por la red. Sobre todo, porque los periodistas suelen centrarse en hechos anecdóticos, aquellos que les llaman más la atención, y yo quería una visión más cotidiana.

Por desgracia, la fotografía antigua es un negocio en la red de redes y la mayoría de lo que se ofrece es previo pago. Sólo conseguí hacerme con escaneos de postales, y siempre en baja resolución. Mi último recurso fueron los libros «de baratillo», como las recopilaciones de fotos de época que publica Könemann (dedicadas a cada década, y reproduciendo escenas de temáticas variadas). Aunque también fue una buena excusa para comprar «París, Mon Amour», y «Travelogues», dos libros que recomiendo a quien le guste la fotografía antigua. Especialmente el último, por reproducir los comentarios del viajero Burton Holmes.

Con todo éste material bajo el brazo, aún me quedaba una tarea: adaptarlo para que encajara con la línea histórica de «El Secreto…». Principalmente, afectó a París (representada como una ciudad en ruinas) y a elementos de Berlín y Viena, para los que escogí una imagen conservadora y decimonónica (más apropiada para el régimen imperial que debían representar).

Ahora, repasando la novela, no sé si tantas molestias se percibirán al leerla. Al «hacer limpieza» en las reescrituras tuve que reducir las partes más anecdóticas, en pro de agilizar su lectura. Pero, sobre todo, me gustaría que los decorados de ésta ficción resulten plausibles. Que el lector perciba los lugares por los que se mueven sus personajes como sitios de piedra y ladrillo, en lugar de simples tramoyas de cartón.

Presentar la obra.

Ya que pretendo utilizar este blog para narrar el proceso de publicación de mi novela, y que sirva de ejemplo para quienes pretenden dar también el paso, es hora de hablar de cómo encontré un editor.

Para cuando yo me lo propuse, ya había cumplido con dos pasos imprescindibles: tenía registrada la obra en la Propiedad Intelectual, y llevaba varios meses reescribiendo el texto (gracias a mis amigos y sus muy apreciadas críticas).

Encontrar una editorial que pudiese aceptar el manuscrito me supuso bastante trabajo. Mi intención fue siempre probar con editoriales especializadas en la ciencia-ficción o la fantasía, pero también me pudo la modestia del «novato» y no me atreví con algunas de las grandes editoriales del país. Quizás podría haber tanteado algunas que me dejé en el tintero, pero dudaba que «El Secreto…» encajase en su línea editorial o que se atrevieran con un perfecto desconocido. Ahora, sé que las propuestas editoriales y las agencias literarias son el medio más recomendado para iniciar el camino hacia la publicación. Sin embargo, yo recurrí a un sistema menos ortodoxo: enviar un mail a las editoriales que había elegido, para tantearlas.

A pesar de que, como digo, no es la mejor manera de contactar a las editoriales, lo cierto es que me respondieron casi todas. Eso me obligó a enviarles una sinopsis de la obra y, después, cuando demostraron estar interesadas, fue el momento de enviar el manuscrito.

Lo malo es que, a partir de entonces, me tocaba esperar varios meses hasta saber cuál sería la respuesta. Ni a mi peor enemigo le deseo esos nervios.

El Universo de «El Secreto…»

Como ya adelanté en un post anterior, quería hablar del universo en que se desarrolla la narración de «El Secreto de los Dioses Olvidados», y cómo fue moldeándose para dar cabida a sus personajes.

Para crear el siglo XX en el que viven los protagonistas de la novela, comencé por reciclar una serie de notas que ya tenía escritas años atrás. Eran ideas para un proyecto distinto, relacionado con mi afición a los juegos de rol. Un mundo inspirado en lo que se llama ambientación «Steampunk», en el que la tecnología del XIX se ha desarrollado sin que aparezcan los motores de explosión, la electricidad y otros avances propios del siglo XX.

Sin embargo, la ucronía de «El Secreto…» pretendía nacer con una base más realista. Así que situé el punto en el que debía desviarse de la historia conocida en un momento más tardío: la Primera Guerra Mundial. Utilizando lo que se sabe sobre los planes iniciales de ambos bandos, desarrollé la teoría de que Alemania no hubiese sido derrotada (aunque, siendo realista, tampoco podía admitir una victoria sobre todo el continente) y creé así una línea temporal y un plano distinto para Europa. Un plano en el que muchas de las tensiones territoriales y políticas anteriores a la Primera Guerra Mundial seguirían vivas.

Así, el mundo de «El Secreto…» se encuentra en un «impass» post-bélico, no exento de tensión entre los países sometidos y la gran potencia europea que aspira al dominio total del continente. Un trasfondo que puede recordar la situación al inicio de la Guerra Fría y que aparece a lo largo de la novela, motivando a varios de los personajes. Y no sólo a los protagonistas. También algunos personajes históricos surgen en sus páginas, para dar idea al lector de cuál es el mundo en el que viven. Supongo que, como escritor de ficción, no podia restirme a utilizar personajes tan evocadores como sugerentes de esa época (Churchill, Hitler, la familia de los zares…)

Sin embargo, la fantasía es lo que debía primar en la novela. Así que, poco a poco, los lectores irán descubriendo que esa ficción histórica sólo es un primer «telón» que, al descorrerse, les muestra otro mundo oculto, más misterioso. Habitado por seres más que humanos.

Pero, claro… eso es tema para otro artículo.

La búsqueda de Eldorado: argumentos y críticas.

Quizás lo que más problemas me ha causado durante el proceso de escribir «El Secreto…» fueran estos dos elementos en concreto: el argumento y las críticas.

El argumento fue el primer escollo con el que me encontré. Yo sabía el tipo de historia que quería contar, y en mi cabeza había una estructura más o menos lógica para los acontecimientos que debían suceder durante la narración. Pero, cuando ya tenía escritas varias de las escenas principales del relato, descubrí que había pequeños desequilibrios en la línea argumental. No eran gran cosa, pero me dí cuenta que estaba dejándome datos por el camino, o que los había cambiado durante la narración.

Esto me obligó a escribir varias versiones del argumento, cada una de las cuales se iba enriqueciendo con las notas de la anterior. Dado que la estructura de «El Secreto…» se basa principalmente en una trama de investigación, fui retocando el argumento poco a poco para adaptarlo a los giros que se me ocurrían. Y, desde luego, cuantas más notas acumulaba sobre la acción que tenía lugar en la escena, más fácil se me hacía escribir. Pero, sobre todo, me evitó las pataletas habituales cuando sabes que tenías una idea genial para cierta parte de la novela y no la has dejado por escrito. Además, teniendo en cuenta que no escribí la narración de modo lineal, tener bien establecido el argumento me evitó muchos quebraderos de cabeza.

El problema con las críticas se produjo «a posteriori». Primero, porque el manuscrito original alcanzó más de 300 páginas. Y segundo, porque lo difícil no fue encontrar lectores dispuestos a enfrentarse al texto, si no que me dieran pistas sobre qué sobraba o faltaba en la obra. A Dios Gracias, aún se puede confiar en amigos de verdad, con ganas de tirar al barro lo que has escrito y que te exigen en cada revisión que lo hagas mejor. Cuatro meses después de acabar la primera versión de «El Secreto…», comencé mi búsqueda de una editorial con un texto aligerado de 50 paginas.

Eso sí, debo agradecer de todos modos el esfuerzo que hicieron cuantos leyeron ese primer manuscrito, lleno de escenas que pretendían fijar la ambientación de su ucronía. Ejercicios de originalidad, que constituían los tapones contra los que luchaba la progresión de la historia (sé que suena florido, pero mis amigos también fueron así de sutiles…)

Eso es todo por hoy. En un próximo artículo, contaré cómo se creó el universo de «El Secreto..»

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